Oficial de inteligencia del CNI español, Carla es la protagonista absoluta de la historia. Con 36 años, es una veterana curtida en mil batallas tras su paso por la Brigada Paracaidista del Ejército de Tierra y años de operaciones en el CNI. Alta, atlética y en plena forma, mantiene un atractivo marcado que "grita peligro allá por donde va". Suele llevar el cabello castaño recogido en una coleta y sus ojos transmiten esa mezcla de determinación y fatiga emocional propia de quien lleva demasiado tiempo expuesto al filo del abismo. Su mente analítica discurre con mayor velocidad cuanto más desesperada es la situación, una capacidad que la ha sacado con vida de Afganistán, Marruecos, Vietnam y otros tantos escenarios imposibles.
Su gran rasgo definitorio —y motor de buena parte de la trama— es esa "puñetera intuición" que casi nunca se equivoca y que saca de quicio a sus superiores. Es leal hasta el extremo con quienes considera de los suyos, e incapaz de mirar hacia otro lado cuando huele una injusticia, aunque eso le cueste vidas que llevará siempre sobre la conciencia. Bajo la coraza de la operativa fría hay una mujer que gestiona mucho peor la paz, el cariño familiar y la calma que la adrenalina y el riesgo, y que arrastra el peso de haber perdido a personas que amaba en su cruzada por encontrar la verdad.


Agente de campo del CNI y compañero operativo de Carla, Rodrigo es su sombra constante. Joven, atlético y atractivo, se mueve con la solvencia de quien sabe manejarse igual en un tiroteo que conduciendo un coche blindado. Suele vestir de manera discreta —chinos, polos oscuros, chaqueta fina que oculta la funda de hombro de su HK USP— y comparte con Carla la afición por escuchar música mientras trabaja, especialmente al volante.
Más allá de su solvencia táctica, lo que define a Rodrigo es su carácter: leal, buena persona, paciente y con un humor seco que sabe templar la tensión que rodea siempre a Carla.
Director del Centro Nacional de Inteligencia de España, Castaño es la figura paterna y profesional sobre la que pivota Carla desde hace años. Llegó al cargo como solución temporal tras los sucesos del 23N y allí sigue, dos años después, intentando limpiar el estropicio dejado por el expresidente Antonio Pérez y los suyos. Vive en una urbanización de La Moraleja con su esposa Claudia y sus hijos, se le nota cada vez más castigado por el cargo: nuevas arrugas en la frente, gesto cansado y la sensación creciente de "estar haciéndose viejo para este trabajo".
Su relación con Carla es uno de los corazones emocionales del libro: discuten, se exasperan mutuamente —"me cago en los cojones de tu puta intuición, Carla"— y, sin embargo, son las dos personas en las que el otro más confía. Fue él quien, siendo subdirector, decidió creer en ella tras lo de Vietnam y autorizar la investigación que lo empezará todo. Al fin y al cabo, es un hombre de estado riguroso, analítico y obsesionado con encontrar la verdad.


Más que un personaje, Miguel Ramírez es un fantasma. Apareció por primera vez en la vida de Carla en Vietnam, como agregado de seguridad de la Embajada de España en Hanói. Desde entonces opera bajo decenas de alias diferentes y se ha convertido en obsesión compartida de Carla y Castaño: un operador camaleónico, escurridizo y absolutamente letal, capaz de desaparecer durante meses para reaparecer en el lugar más inesperado del planeta.
Se le ha vinculado a movimientos de fondos durante el 23N, pero su pista siempre se desvanece. ¿Será capaz Carla de dar con él y descubrir qué trama en verdad?

















